06 agosto 2006

La Misión Ciencia explicada a los niños

Joan Miró: pájaros
Rigoberto Lanz

Es posible que tal sabiduría popular,
rechazada por el saber científico establecido, esté más ampliamente difundida de lo que se cree. Esa sabiduría puede permitirnos entender la sorprendente vitalidad, el inquebrantable anhelo por vivir que define a la sociedad posmoderna, en particular entre sus jóvenes”.
Michel Maffesoli: El nomadismo, p. 211



La ciencia es un saber como cualquier otro. Está hecha por gente que ama, que odia, que se eleva en su espiritualidad y que desciende a los infiernos. Todas las ciencias conocidas se crean por la combinación de diferentes factores entre los que siempre destaca la impronta del poder. Ninguna ciencia nace desde los saberes subalternos, desde las prácticas de las clases sociales oprimidas, desde las discursividades de las culturas populares (¿Esto le dice algo?)



Esta no es una casualidad. Ello revela nítidamente la naturaleza social y política de los saberes dominantes. La ciencia es históricamente el saber dominante de la Modernidad. Cero ingenuidad en este punto: la racionalidad científica es constitutiva de la razón del capital. Su episteme es la misma de la civilización Moderna que nos trajo hasta este despeñadero. La lógica de la ciencia es la lógica del poder. La racionalidad instrumental que está en los tuétanos de todas las representaciones de la cultura occidental es la base misma del discurso científico convencional. ¿De qué se alarman los mandarines de la ciencia?


El asunto no es sólo ni principalmente la “mala utilización” de las ciencias y las técnicas. No se trata de un objeto “neutro” que los malos utilizan para el mal y lo buenos usan para el bien. Esta gafedad es una y otra vez traída a la discusión por el desconocimiento de la lógica epistémica de un modo de producción de conocimiento, de un modo de pensar, de un modelo cognitivo que es parte esencial de la Modernidad. Quienes han sido formados en el catálogo de necedades del “método científico”, la “búsqueda de la verdad” o el “conocimiento universal” tienen tremendas dificultades hoy para comprender por dónde van los tiros. No es posible entender nada desde estos rastrojos conceptuales donde todavía se enseña en las academias. Es casi imposible mantener un diálogo provechoso en ambientes intelectuales anacrónicos donde la gente tartamudea para pronunciar la palabra “posmodernidad”. Demasiada indigencia epistemológica. Exceso de impunidad teórica largamente mantenida por inercia de los poderes establecidos en nuestras universidades, en los aparatos tecno-científicos de distinto género.


El más poderoso obstáculo con el que nos enfrentamos en la actualidad para hacer avanzar este debate, para el desarrollo de nuevas políticas públicas en el campo, es la mentalidad cientificista que se reproduce brutalmente en todos los aparatos simbólicos del Estado (comenzando por todo el sistema escolar, continuando con todo el sistema medio y universitario, agregando los aparatos culturales y mediáticos) Esa mentalidad es una suerte de callosidad neuro-cognitiva que gobierna la sensibilidad reflexiva, los aparatos preceptuales, la performatividad discursiva, las capacidades de aprendizaje, en fin, que envilece el talante creativo para inventar otro modo de pensar.


El debate sobre la Misión Ciencia tropieza a cada instante con la sorda resistencia de esta mentalidad encubierta. Incluso en aquellos casos en los que muchos colegas se disponen de buena fe a desarrollar sus programas, observamos que los asuntos instrumentales son los que motivan. La discusión se restringe a las cuestiones operativas y toda la energía se consume en la búsqueda de resultados tangibles. Lo cual, por cierto, no está en contradicción con las cuestiones medulares de marchar hacia la instauración de un nuevo paradigma de gestión científico-técnica. Es obvio que enfrentamos inmensos desafíos en la pragmática cotidiana de los desarrollos tecnológicos a todas las escalas. Allí no cabe titubear: debemos sobrepasar todas las metas expresamente contabilizadas en el paquete integral de la Misión Ciencia. Eso no está en discusión. El debate está en otro lado: justamente en el corazón de lo que estamos entendiendo por “ciencia” y por ”tecnología”. No es descartable que muchos operadores del sistema desarrollen tareas con gran eficiencia sin tener mucha conciencia de estos asuntos (incluso teniendo en su cabeza unas ideas arcaicas sobre el tema) Es posible que entre los miles de compañeros que hoy están activando en tantos proyectos de Misión Ciencia encontremos grandes desniveles en el manejo de estos problemas. Eso es comprensible. Lo que importa es que el sentido estratégico de este gigantesco esfuerzo no termine reforzando el modelo tradicional que queremos desmontar. Para ello hace falta una voluntad sostenida que ponga en evidencia constantemente los contenidos del viejo modelo, que haga manifiesta la inconsistencia de una voluntad transformadora que no es capaz de cambiar en este terreno, que estimule todas las expresiones del talento creador en la producción de los saberes alternativos.

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