"En realidad no hay problemas ecológicos. Sólo problemas políticos".
Alex Fergusson Laguna aferguss@ciens.ucv.ve |
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Luego de un largo proceso de vaciamiento y trivialización, uno de los asuntos que retorna al debate actual, es el de la sustentabilidad del desarrollo. Se trata de un tema fundamental que nos remite a problemas de diversa índole, incluido el de los modelos de desarrollo. Aquí resulta claro que el modelo tecno-económico imperante, claramente insustentable, ha aportado beneficios sólo a una minoría, a costa de la marginación, es decir, de la exclusión, de gran parte de la población de nuestros países, y por cierto de buena parte del planeta.
El concepto de Desarrollo Sustentable surge ahora -más allá de la simpleza de la conservación del ambiente para las generaciones futuras- como respuesta a la necesidad de una nueva visión del ser humano, de la naturaleza misma y de la sociedad, pero sobre todo, del marco epistémico que funda nuestros modos de sentir, pensar y vivir.
Promover una sociedad fundada en un desarrollo colectivo autocentrado, capaz de poner en movimiento las energías de los pueblos interesados en su propio devenir, con el fin de satisfacer las necesidades esenciales de una sociedad solidaria consigo misma y con los demás, supone una visión misma de la realidad como conjunto de relaciones entre actividades humanas y su dinámica, la sociedad, la naturaleza y su evolución, que constituyen una definición alternativa no sólo al modelo neoliberal insustentable, sino a las propias bases civilizacionales sobre la cual se construirá. Se trata, entonces, de armonizar las actividades humanas del desarrollo individual y colectivo con el mantenimiento de la integridad de la naturaleza y del ser humano, de modo que podamos utilizar sus potencialidades e intervenir, dirigir u orientar los procesos naturales en beneficio del colectivo, sin vulnerar su capacidad autoreguladora.
En esta visión, el desarrollo de las sociedades locales remite a un proyecto que requiere la superación del territorio como mero soporte de las actividades económicas o como suelo-recurso que consumir dentro de la idea "moderna" del crecimiento ilimitado de las capacidades de producción y consumo. El territorio adquiere, entonces, el valor de ecosistema y de sociedad local como realidad diversa y compleja.
En tal sentido, el proceso de creación de espacios de autonomía local, de subjetividad, de singularidad, constituye una de la característica de la nueva concepción del desarrollo, confiado en sus propias fuerzas, definido por la creatividad y la innovación, en oposición al crecimiento imitativo o umbilical que hemos tenido con los centros mundiales del poder económico.
Hay, pues, un fortalecimiento de la producción de los valores de uso, desvinculados de la lógica económica del capital y de su definición de valor. Es el punto de partida de la instalación de una lógica de las necesidades no inducidas por la producción, pero sí esenciales para la realización del individuo y del colectivo en el cual este se integra y enriquece.
Así pues, el actual clima de debate socio-político favorece una cierta visión interculturalista, una relativización de los valores, una recuperación del espacio natural, un redimensionamiento de la escala humana con relación a lo ambiental.
Al mismo tiempo, los temas ecológicos aparecen cada vez más valorizados y se comportan como lugar de encuentro de saberes, que hasta hace poco tuvieron desarrollos paralelos -no es casual el auge de la ecología humana, la ecoantropología y otras transdisciplinas y de la creciente relevancia de expresiones como eco-cognición, eco-estética o eco-democracia.
Por supuesto, hay también una nueva ambientación para el debate entre ética y ciencia, vida y estética, desarrollo y libertad, intereses parciales y valores universales, lógicas corporativas, localidad y globalización, dinámica de bloques y soberanía, crecimiento económico y derechos humanos, en fin, entre los intereses objetivos de clases, grupos, naciones, etnias y su respectiva traducción en el mundo de las ideas, valores y representaciones.
El concepto de Desarrollo Sustentable surge ahora -más allá de la simpleza de la conservación del ambiente para las generaciones futuras- como respuesta a la necesidad de una nueva visión del ser humano, de la naturaleza misma y de la sociedad, pero sobre todo, del marco epistémico que funda nuestros modos de sentir, pensar y vivir.
Promover una sociedad fundada en un desarrollo colectivo autocentrado, capaz de poner en movimiento las energías de los pueblos interesados en su propio devenir, con el fin de satisfacer las necesidades esenciales de una sociedad solidaria consigo misma y con los demás, supone una visión misma de la realidad como conjunto de relaciones entre actividades humanas y su dinámica, la sociedad, la naturaleza y su evolución, que constituyen una definición alternativa no sólo al modelo neoliberal insustentable, sino a las propias bases civilizacionales sobre la cual se construirá. Se trata, entonces, de armonizar las actividades humanas del desarrollo individual y colectivo con el mantenimiento de la integridad de la naturaleza y del ser humano, de modo que podamos utilizar sus potencialidades e intervenir, dirigir u orientar los procesos naturales en beneficio del colectivo, sin vulnerar su capacidad autoreguladora.
En esta visión, el desarrollo de las sociedades locales remite a un proyecto que requiere la superación del territorio como mero soporte de las actividades económicas o como suelo-recurso que consumir dentro de la idea "moderna" del crecimiento ilimitado de las capacidades de producción y consumo. El territorio adquiere, entonces, el valor de ecosistema y de sociedad local como realidad diversa y compleja.
En tal sentido, el proceso de creación de espacios de autonomía local, de subjetividad, de singularidad, constituye una de la característica de la nueva concepción del desarrollo, confiado en sus propias fuerzas, definido por la creatividad y la innovación, en oposición al crecimiento imitativo o umbilical que hemos tenido con los centros mundiales del poder económico.
Hay, pues, un fortalecimiento de la producción de los valores de uso, desvinculados de la lógica económica del capital y de su definición de valor. Es el punto de partida de la instalación de una lógica de las necesidades no inducidas por la producción, pero sí esenciales para la realización del individuo y del colectivo en el cual este se integra y enriquece.
Así pues, el actual clima de debate socio-político favorece una cierta visión interculturalista, una relativización de los valores, una recuperación del espacio natural, un redimensionamiento de la escala humana con relación a lo ambiental.
Al mismo tiempo, los temas ecológicos aparecen cada vez más valorizados y se comportan como lugar de encuentro de saberes, que hasta hace poco tuvieron desarrollos paralelos -no es casual el auge de la ecología humana, la ecoantropología y otras transdisciplinas y de la creciente relevancia de expresiones como eco-cognición, eco-estética o eco-democracia.
Por supuesto, hay también una nueva ambientación para el debate entre ética y ciencia, vida y estética, desarrollo y libertad, intereses parciales y valores universales, lógicas corporativas, localidad y globalización, dinámica de bloques y soberanía, crecimiento económico y derechos humanos, en fin, entre los intereses objetivos de clases, grupos, naciones, etnias y su respectiva traducción en el mundo de las ideas, valores y representaciones.
*Miradas múltiples para el diálogo, EL Nacional, Opinión-7, sábado 22/3/2008
**Universidad Central de Venezuela


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